Nuestros recursos para vos

Hay una pregunta que atraviesa toda búsqueda espiritual, una pregunta que también hizo Pedro cuando miró a Jesús y entendió que no había otro lugar donde ir. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” No es teoría, es experiencia. Es el grito de alguien que probó otras voces, otros refugios, otros caminos, y solo en Jesús encontró vida real. Esta canción nace de recordar que Jesús me amó cuando yo sentía que nadie más lo hacía, que me buscó cuando yo mismo me había perdido, que me abrazó antes de que yo pudiera entender mi valor.

“Pero viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca.” Es una invitación que atraviesa el corazón. Jesús no vino a señalar lo que estaba roto, vino a restaurar lo que estaba perdido. No vino a condenar, vino a salvar. Y es justamente ahí, en esa gracia inmerecida, donde comienza nuestra adoración. Que no haya rincón de mi vida que no cante, que no responda, que no se incline delante del Rey. Que cada parte de nosotros se convierta en adoración.

A veces la historia del evangelio puede volverse tan familiar que olvidamos lo escandaloso que realmente es: el Rey del cielo dejó su gloria para buscar nuestra imperfección. No vino a un mundo perfecto, vino al nuestro. Y Su amor no solo vio nuestras faltas, sino que las cubrió, las cargó, las transformó. Jesús no es uno más. No es una opción entre muchas. Su vida, Su muerte y Su resurrección cambiaron nuestra historia de raíz, ahora nosotros vemos y vivimos desde Su victoria. Por eso corremos sin mirar atrás, porque lo que está adelante con Él siempre es mejor.